Tengo sobre mi mesa la octava edición de la novela más reciente de Eduardo Mendoza, La aventura del tocador de señoras, que según la editorial Seix Barral corresponde a julio de 2001. La primera se publicó en febrero del mismo año. Y, si hemos de creer en los datos que se anuncian en la faja que rodea el libro, se habrían vendido ya 175.000 ejemplares. A su lado, la primera edición de La verdad sobre el caso Savolta, cuyo título original Los soldados de Cataluña suscitó recelos en la tardocensura franquista de la época y fue publicada en abril de 1975 (cabe hacer notar el hecho de que los editores habrían depositado ya una buena dosis de confianza para que la primera novela de un autor prácticamente desconocido apareciera en el Día del Libro barcelonés, festividad de San Jorge y la rosa, una de las más bellas costumbres arraigada en la Cataluña reciente). El éxito respondió a las expectativas, porque en octubre del mismo año se anunciaba ya una reimpresión. Y poco después se le concedería el Premio de la Crítica. Un rostro serio, de profunda mirada (vestido con una espectacular chaqueta de amplias rayas y camisa a cuadros), el de un hombre joven de cabello negro y generoso bigote decimonónico figura en la contraportada que ocupa un amplio cuarto de página. En su tercera novela el rostro aparece cubierto por una tupida barba y el autor nos ofrece su perfil. El aire resulta totalmente diferente. Residía todavía en Nueva York. En su última obra[1], el rostro, marcado ya por la edad y surcado por algunas arrugas, nos ofrece un aspecto sonriente, de ojos apenas perceptibles, cabello cano y bigote más recortado y convencional. Su tamaño, en la solapa es muy reducido. La estética de la edición se ha transformado. Ha transcurrido más de un cuarto de siglo. Su novela ve la luz ya en el problemático y confuso siglo XXI. Eduardo Mendoza nació en Barcelona en 1943, hijo de un fiscal, estudió en el colegio de los Hermanos Maristas y, entre 1960 y 1965, cursó la carrera de Derecho en la entonces conflictiva universidad barcelonesa. Al finalizar sus estudios viajó por Europa y obtuvo una beca (1966-67) para cursar Sociología en la Universidad de Londres. Regresó a Barcelona, trabajando como abogado en el caso «Barcelona Traction» y en la asesoría jurídica del Banco Condal, lo que le familiarizó con la terminología jurídica, el embrollo y el legalismo, que alejan el lenguaje de la realidad y le permitieron advertir un mundo paralelo que se alimenta de la realidad, aunque sin pretender reproducirla. En diciembre de 1973 se trasladó a Nueva York, donde trabajó como traductor de la ONU. Confesará más tarde que llegó «casi por error» y allí pudo contemplar cómo «pasó de ser la escoria de las ciudades a ser la ciudad por antonomasia, la ciudad de moda. Yo tuve oportunidad de ser testigo de esta metamorfosis». Tal experiencia se volverá a producir en Barcelona, a su regreso, en 1978, y constituirá uno de sus principales temas: el análisis y transformación de una urbe como ser vivo: decadencia y recuperación. Su primera novela no fue la de un escritor salido de la adolescencia, sino la de un experimentado narrador que se servía de la novela de género, inscrita en un tiempo interno comprimido, con la intencionalidad de configurar un sujeto colectivo histórico: la Barcelona de 1917 a 1919. Su ciudad, como en buena parte de su producción, se convirtió en protagonista. Sin embargo, ¿qué aportaba Eduardo Mendoza por aquellos años a la novela en castellano? ¿de qué misteriosos ingredientes se ha servido, a lo largo de su producción, hasta convertirle en uno de los autores más vendidos y populares sin abusar de los medios de comunicación, recluido, por lo general, en su labor? Porque tampoco puede asegurarse que Eduardo Mendoza sea autor minoritario o de culto, ni favorecido particularmente por los mass media. Sus relaciones con el cine han sido excelentes. Su primera novela fue llevada a la pantalla en 1979 y la que le llevó a su mayor popularidad, La ciudad de los prodigios, fue adaptada también a la pantalla por Mario Camus. Con esta novela logró numerosos galardones: el Ciudad de Barcelona, el Grinzane Cavour y fue nominado libro del año en Francia. Cabe apuntar el hecho de que la narrativa de Mendoza ha encontrado «su» público, incluso más allá de nuestras fronteras. El novelista barcelonés fue considerado desde sus inicios como el que mejor ejemplificaba lo que se calificaría como «transición» y que habría de afectar no sólo a la política, a la vida cotidiana de los españoles y al papel de España en el contexto internacional, sino a la literatura y a las artes, planteadas ya en el ámbito de la normalización europea, aunque mucho de ello podía apreciarse en el tardofranquismo anterior. Desde la perspectiva actual observamos que tales cambios no supusieron una brusca ruptura.
Una forma de narrar o deleitar instruyendo
La verdad sobre el caso Savolta viene a definir la consciente fórmula narrativa del escritor: a) estilo folletinesco; b) ambientación histórica documentada; d) sentido del humor; e) personajes verosímiles, aunque caricaturizados y deformados; f) parodia de los géneros populares y de su lenguaje; g) utilización preferente del contrapunto y de la intertextualidad; h) aprovechamiento de la figura del pícaro clásico, aunque actualizado; i) recuperación de la aventura y del placer de leer gracias a la claridad expositiva. M. Mar Langa Pizarro considera que su primera novela «agrupa la novela propiamente policíaca y la que utiliza el suspense o la investigación como elemento fundamental del relato», considerándola como iniciadora del género, aunque ya Manuel Vázquez Montalbán había publicado en 1972 Yo maté a Kennedy y cabe considerarlo como padre consciente de una corriente narrativa decisiva, aunque discutida, en el postfranquismo. En la mitad de la década de los setenta los narradores españoles, desde Camilo José Cela, con su obra más audaz, Oficio de tinieblas 5, al más joven –salvo excepciones– pretendían llevar a la práctica el relato basado en la renovación técnica y el experimentalismo. Germán Sánchez Espeso había publicado De entre los números en 1972; Vicente Molina Foix, Busto, en 1973; Juan José Millás, Cerbero son las sombras, en 1975 y Visión del ahogado dos años más tarde; Javier Marías andaba en su segunda novela por la Travesía del horizonte, en 1972; José María Guelbenzu en 1976 publicaba ya su tercera novela, El pasajero de ultramar; Luis Goytisolo ofrecía su segunda y más importante creación, Recuento (1975), cuya protagonista era también, en buena medida, la capital catalana; mientras su hermano Juan publicaba, en 1975, su Juan sin Tierra; Juan García Hortelano había conseguido, en 1972, El gran momento de Mary Tribune, su mejor novela; Jesús Fernández Santos, El hombre de los santos, ya en 1970; Miguel Delibes había intentado y superado cierto experimentalismo y en 1975 daba a la imprenta La guerra de nuestros antepasados; José Manuel Caballero Bonald, Ágata, ojo de gato, en 1974, y Juan Benet, Un viaje de invierno en 1972 y La otra casa de Mazón al año siguiente; eran los Años de penitencia, de Carlos Barral, también de 1975; Si te dicen que caí, de Juan Marsé, había sido publicada en 1973, en México, y sólo autorizada en España en 1979; Rafael Sánchez Ferlosio había retornado con sus extraños Las semanas del jardín. Semana primera: Liber scriptus y Las semanas del jardín. Semana Segunda: Splendet dum frangitur, en 1974; Jorge Semprún empezaba a publicar su obra anteriormente editada en Francia y Gonzalo Torrente Ballester había ofrecido, ya en 1972, Saga/Fuga de J. B.; Francisco Umbral daría Las ninfas en 1976 y José María Vaz de Soto, Diálogos del anochecer en 1972 y El precursor tres años más tarde y Manuel Vázquez Montalbán andaba por La soledad del manager en 1977. La lista no es ni mucho menos exhaustiva; pero algunos de los nombres, de promociones distintas, y la naturaleza de la novela a mitad de los setenta del siglo XX constituye no sólo un rico y sugerente muestrario de varias formas de narrar, sino una intencionalidad formal, una audacia ajena a los mecanismos de la comercialización que impondrán su ley a buena parte de la narrativa española posterior, más atenta a los éxitos de venta que a las intenciones estéticas. Corrían años de excelente cosecha en la novela, bien acompañada por la irrupción en nuestras editoriales de la nueva o no tan nueva narrativa latinoamericana.
[1] Tras la redacción de estas páginas ha publicado (2002) El último trayecto de Horacio Dos (dirección del autor cuando residía en Nueva York), fábula y farsa, como Sin noticias de Gurb, inspirada en el género de la ciencia-ficción y, como ésta, aparecida como folletín en agosto de 2001 en el periódico «El País».